LA
SERPIENTE Y EL RATONCILLO
Por
Alberto H. Mottesi
Fue todo un drama que se desarrolló ante mi vista. Un
drama de la selva, un drama de la fiereza animal desatada. Un drama de la lucha
por la existencia. Un drama del matar para no morir. De herir primero, para no
ser herido. El lugar no era ni una selva virgen, ni un desierto árido, ni una
llanura de pastos altos. Era en una jaula pequeña, de no más 50 centímetros por
lado.
Los protagonistas, una serpiente de cascabel y un
ratoncillo blanco. Alguien, quizá los chicos de la casa, los habían puesto
juntos. El ratoncillo, asustado, pugnaba por escapar saltando por encima de las
paredes de la jaula. Se encogía, tomaba fuerzas, daba un ágil salto, pero no
llegaba a la parte de arriba. Sus patitas arañaban la madera y resbalaban hacia
abajo. Caía al piso y quedaba jadeante, temblándole todo el cuerpo y con los
ojos que pintaban el terror.
La serpiente, a cada salto del ratón se encogía, se
arrollaba sobre sí misma, hacía sonar sus cascabeles, y aguardaba. Aunque ella
llevaba todas las ventajas, no se animaba a dar el golpe final hasta que
estuviera bien segura.
Estuve mirando esa lucha silenciosa y tenaz durante un
rato. Después me fui, enfadado del espectáculo. Como estaba en casa ajena, no
podía hacer nada en el asunto.
Volví al cabo de otra hora. La lucha había terminado. La
serpiente seguía arrollada en un rincón de la jaula; la cabeza entre sus
anillos y la mirada fría, fija, perdida en la nada. El ratoncillo yacía muerto,
con solo dos puntitos de sangre en el cuello. En alguno de sus saltos
frenéticos en busca de la libertad habrá caído cerca del reptil y este le habrá
clavado los colmillos. ¿Para qué decir más? Nadie escapa del veneno de la serpiente
cascabel.
Entonces me puse a pensar que así es el juego del ser
humano con Satanás. La Biblia llama al diablo la “serpiente antigua”. Aquella
que con argumentos sutiles, palabras melosas y promesas falaces engañó a Eva y
la hizo pecar. Y ha sido el trabajo del
diablo durante todos los siglos, engañar a los seres humanos en la misma manera
y con el mismo propósito.
El diablo engaña a los hombres y mujeres con la seducción
del placer carnal, del bien material y la satisfacción del ego, como si esos
fueran los únicos bienes en la tierra. Solamente Jesucristo, mis estimados amigos,
puede vencer al diablo y darnos el poder en nuestra vida para vencer su
seducción y su ponzoña.
Déjame decirte algo con todo respeto. Aunque nos creamos
fuertes e inteligentes, realmente no somos más que un pobre ratoncito que
pudiera morir en las garras del diablo; pero, ¡gracias a Dios por Jesucristo! Él
es un verdadero León, que cuando nos entregamos a Él pelea a nuestro favor y
nos da la victoria.
